Un día cualquiera

Posted: jueves, 13 de marzo de 2008 by Hari_Seldon in
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Había pasado varios días pensando en ello. Aquello que pensaba que tenía superado, lo estaba abordando de nuevo sin previo aviso. Era extraño, ya hacía demasiado que no tenía aquellas sensaciones, y que de nuevo volvieran le hacía tener miedo.
Porque desde aquel día en que se había dicho a sí mismo que no debía mirar más atrás, que la meta estaba allá delante, había ido todo sobre ruedas. Pero parecía que la meta había dado un giro y se había instalado en la última curva, ésa que con tanto esfuerzo consiguió superar.
En realidad había sido un día muy normal. Uno de tantos. Eso sí con ese bloqueo en la cabeza que no le dejaba pensar con su fluidez habitual. Era como si llevara un yunque sobre su cerebro.
Aún faltaba para el final de su horario laboral, pero no aguantaba más, de modo que se marchó, dando como única explicación que tenía un problema familiar muy importante que resolver.
Salió a la calle con un ligero aire renovado en su alma, un pequeño alivio.
¿Cogió el metro, el autobús o un taxi? No gracias, prefería sentir en su rostro el tibio aire primaveral y sentir bajo sus pies la dureza del asfalto y las aceras. En aquellos instante se sentía en armonía y libertad.
Mucho ruido, mucha gente yendo y viniendo, la atmósfera estresante por la que se sentía rodeado le era totalmente indiferente. Eran él y su soledad.
Estaba anocheciendo, y las luces empezaban a lanzar destellos dorados.
Con pasos cansados llegó hasta su portal. Abrió la puerta, y cruzó sin demasiados miramientos el vestíbulo. Allí se encontraba el portero (que estaba saliendo de su propia casa) al quién no dedicó ni un sórdido saludo. Siempre había compartido con él insustanciales pero divertidas charlas. Aquel día no se merecía aquel desvarío dialéctico.
Dirigió su mirada al ascensor. “Hoy no”, pensó. Prefería subir por las escaleras, paso a paso como se hacen las cosas, con esfuerzo pero con una extraña e indescriptible recompensa al final. Arrastraba los pasos al subir, en más de una ocasión estuvo a punto de tropezar, pero se mantuvo erguido.
Subió.
5º - 1ª, su apartamento.
Ante la destartalada puerta se detuvo. ¿Dónde están las llaves? No las encontraba. Mientras se maldecía y mascullaba entre dientes buscando las llaves en la chaqueta pensó que quizás ese era uno de esos días que no pasarían a la historia. De esos que simplemente se convertían en una cifra en el calendario y en un recuerdo difuso.
Por fin las encontró.
Abrió la puerta y se dispuso a sumergirse en su mundo. En aquel mundo que había creado para su total confort y bienestar.
A los ojos ajenos era una pocilga, pero para él era su paraíso particular.
Se cambió, se hizo la cena, la devoró sin demasiados ánimos, y se dispuso a ver la tele un rato.
No daban nada interesante para variar, de modo que decidió dar por concluido aquel insulso día de una vez por todas.
Antes de meterse en la cama, realizó aquel ritual de costumbres y hábitos al cual nunca fallaba. ¿Era manía o simplemente casualidad?
Ya estaba acostado. Cerró los ojos y esperó a dormirse.
Inquietudes, pensamientos…no le dejaban dormir. Quería aparcar todo y descansar pero no podía.
Dio mil vueltas a la cama, mil posturas. Pero se sentía extrañamente incómodo.
La somnolencia lo envolvió.
A una hora sin especificar escuchó un ruido en el pasillo.
A continuación unos golpecitos en la puerta, y alguien que entraba.
Sintió su presencia. Pero no podía ser.
Estaba avanzando hacia su cama. Él quería abrir sus ojos y comprobar que era cierto, pero no conseguía realizarlo.
Entonces, se abalanzó sobre él y mientras sentía sus dulces labios en su mejilla le susurró: “Estoy aquí para verte y pasar contigo el puente”.
Se deslizó hacia su derecha en la cama y se puso a su izquierda. Le estaba abrazando.
Logró abrir los ojos.
Miró a su izquierda.
Vacío.
No estaba allí.
Ansioso, se levantó como un resorte de la cama y empezó a escudriñar la oscuridad de la habitación. Miró hacia todos los lados.
Pero tampoco estaba allí.
Miró la hora, eran las 4:30 de la madrugada.
Había sido un sueño, un deseo de lo no vivido.
Mañana sería otro día.

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