Agustín llegaba tarde a su cita. Eran más de las cinco y media de la tarde y el autobús en el que viajaba había acumulado un considerable retraso, cuando se apeó y se dirigió por la calle más próxima. Quería haber llegado el día anterior, así lo había planeado ya que era muy importante, pero las conexiones en D.F eran complicadas y finalmente tuvo que hacer noche en un hotel de la capital. «Luisito y su retiro», pensó Agustín mientras recorría el camino cuesta arriba. «Mira que venir a vivir a este pueblo en medio de la nada. Pero claro, siempre fue muy suyo, y siempre hacía lo contrario de lo que le decían: que si por ahí tirando barra, que lo que tenías que hacer es buscar un oficio… y al final resultó que él era el que tenía razón». Agustín conocía el pueblo. Ya había visitado a Luis varias veces en su casa. Aunque hacía varios años que no había podido volver. Recordaba las calurosas tardes a la sombra, el sabor de las comidas preparadas por Elisa y el sonido de la guitarra aco...